Pablo Jerez Martínez
Podríamos estar hablando y tal vez escribiendo muchas páginas sobre ejemplos de
05.02.2010
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Transcurría una apacible pero húmeda y fría mañana del pasado invierno, crudo por las recientes nieves caídas y tras prepararme para acudir a una Feria sobre Empleo y Discapacidad a la que acudirían miles de personas a la búsqueda de un más que necesario puesto de trabajo o de información sobre cursos y otros menesteres de diversa índole, bajé con prudencia las mojadas escaleras del metro en Madrid.
Iba pensando en mis cosas mientras esperaba en el andén de la estación el próximo convoy de vagones, cuando observé a un señor bastante mayor y con cierta dificultad en la vista, intentar explicar a varias personas si le podían escuchar un momento, hasta que acercándose, me mostró un pedazo de papel con una dirección apuntada del médico que debía visitar y me preguntó si era capaz de indicarle qué línea, o mejor dicho, la estación que le correspondía.
Tras meditar unos segundos la respuesta, recordé que en mi mochila llevaba un mapa ya usado del metro y amablemente, traté de explicar al señor hacia dónde debía dirigirse para llegar a su revisión.
El hombre, realmente apesadumbrado, y con cierto tono tristón, compartió su impotencia de poderse valer por sí mismo debido a las enfermedades por las que había pasado recientemente y a sus inevitables achaques debido a la edad, que le impedían, según decía, seguir siendo el hombre que había sido antaño.
Con el fin de animarle y distraerle de su súbita melancolía y de su momento de baja autoestima reconocida, le regalé sin más mi plano de metro y me ofrecí a acompañarle en el trayecto hasta su estación, donde debería realizar el transbordo a la otra línea, no sin conversar y dejar de darle recomendaciones sobre lo que debía hacer para llegar a su destino.
Con lágrimas en los ojos, me dió las gracias y se despidió con un fuerte apretón de manos al detenerse el metro al llegar a su parada para segundos después, muy despacito, a paso muy, muy lento, desaparecer entre la multitud de personas que le rodeaban.
Reconfortado y alegre con una sonrisa esbozada en los labios y sin darle demasiada importancia a ese pequeñísimo y desinteresado gesto con el que había empezado lo que sería después una agotadora mañana de servicio a los demás, continué hasta llegar al stand de la feria, donde recordé aquellas palabras de R. Tagore que decían:
"DORMÍA Y SOÑABA QUE
ME DESPERTÉ Y DESCUBRÍ QUE
ME PUSE A SERVIR Y DESCUBRÍ QUE EL SERVICIO ES ALEGRÍA”.
A veces me pregunto qué haríamos los scouts sin la realización a diario de
Recordad: Un scout no es un verdadero scout, si no realiza su Buena Acción diaria por pequeña que esta pueda ser y en Sant Yago,
25.09.2010