Hay muchas maneras de llegar al mundo scout: decisión paterna -casi siempre-,  emulación de amigos -en ocasiones-, recomendación de un profesional de la educación… en general todas ellas llevan aparejado el adentrarse en un mundo nuevo de relaciones personales, de valores, de actividades hasta ese momento desconocidas que se asumen entre la inercia del que forma parte de un grupo humano y el entusiasmo del que vive algo nuevo sin necesidad de haber interiorizado el significado real de lo que tanto le cautiva.

Pasados los años, cuando el niño llega a joven, el escultismo empieza a mostrar su lado más formativo, su aspecto menos lúdico, y el resto del mundo no scout empieza a mostrar sus cartas más atrayentes. Es en ese momento cuando podemos ver cuánto han calado los valores scouts, cuánto de lo que constituye la personalidad del joven está tejido con las cuerdas de pita scouts y anudado con la fuerza de un buen amarre, o por el contrario cuán débil resulta el edificio desde su cimentación.

 Mientras, los que caen por el camino apenas argumentan vagamente razones inconexas tales como “me aburría” o “ya no era lo mismo”, “el grupo había cambiado mucho”, denotando con ello que apenas habían pasado de la superficialidad en la vivencia de lo que conocemos como escultismo; se  habían quedado en el juego, la técnica scout por la técnica, la canción que estimula emociones fáciles, los campamentos de risas y veladas. Pero aquellos que se hacen firmes, esbozan un argumento esencial: “lo scout forma parte de mí”. De alguna manera dejan entrever que necesitan ser scouts porque esos valores y esa forma de vida que lleva un scout les ha servido para edificar una personalidad de la que se sienten orgullosos, les ha servido para ser quienes son y eso les hace felices.

Es por eso por lo que llegado a ese punto un Scout, un Esculta, un Rover…, necesita de la coherencia de todos los que le rodean, del grupo como familia, de sus compañeros como hermanos. Necesita que las actividades sean puramente scouts, sin traiciones a los valores aprendidos: esfuerzo, solidaridad, desafío, compañerismo, entrega y servicio a su país y a la sociedad en general, enraizado en el mensaje evangélico de Jesús.

Estas coherencias son las que hacen que el Grupo Scout Sant Yago, contra viento y marea, ensalce el uniforme como reflejo de valores inmateriales: disciplina, higiene, orden, respeto hacia los demás; siga buscando la manera de aceptar los retos que pongan a prueba nuestra destreza en técnicas scouts: competiciones de San Jorge (si no las hay, las creamos), Tecoree, ACANAC… con nuestros hermanos scouts portugueses, fieles custodios de la esencia escultista,  y por último todas aquellas actividades que nos hacen sentirnos parte de una Iglesia viva, llena de jóvenes alegres que buscan disfrutar de su fe, proclamarla a los cuatro vientos y vivirla en comunidad.

Los Scouters del Grupo Scout Sant Yago buscan continuamente mantenerse fieles a estas exigencias, buscan la coherencia con aquello que les ha hecho dedicarse en cuerpo y alma a la coeducación de niños y jóvenes; persiguen día y noche ser un ejemplo, un espejo donde cualquier niño o joven pueda mirarse sin sentirse traicionado.

Un antiguo scouter.